“Hasta las mejores personas pueden cometer actos atroces bajo el amparo y anonimato de un grupo.”

Hoy en día, seguramente por la facilidad con la que accedemos a la información, vemos, cada vez más frecuentemente, violencia en grupo. Ejemplos claros, actuales y accesibles son el bullying en los colegios o la agresividad de algunos hinchas del fútbol. Y cabe hacerse la pregunta, ¿es la sociedad cada vez más violenta?

Si alguna vez has estado metido en un conflicto grupal o conoces a alguien que lo haya estado, probablemente te sorprendan ciertas actitudes y comportamientos que se han llevado a cabo en el calor del momento. Pues bien, esto no es más que un efecto del grupo.

Comenzando por el principio, un grupo es un conjunto de individuos dotados de una identidad común, que interactúan entre sí y se ven influidos unos por otros, con un objetivo común o una ideología parecida. Sin embargo, el grupo no es la suma de sus individuos, ya que dentro del pensamiento colectivo, las ideas, pensamientos, actitudes y acciones se exacerban. Esto se da por el efecto de la desindividualización (término acuñado por L. Festinger, A. Pepitone y T. Newcomb en 1952), que implica dejarse llevar por el grupo. El individuo pierde su identidad individual y acoge como suya la norma del conjunto, ya sea buena o mala. Así, una persona que no haría daño a nadie a solas, es capaz de los actos más atroces en el seno de un grupo. 

“La desindividualización es la pérdida de la identidad individual de la persona, que acoge como suya la norma del conjunto.”

¿Por qué, a priori, en grupo somos peores personas? Por el anonimato. Por esta razón, cuanto más grande es el grupo, más probabilidades hay de llevar a cabo una mala acción, es decir, emitir conductas que están totalmente desligadas con los valores individuales de la persona por sí misma. Las personas dentro de un colectivo se sienten ocultas e inmersas en la conciencia grupal. Este sentimiento se multiplica si, en combinación con el efecto de dilución de la responsabilidad, existen actividades que exaltan y distraen a las personas (como cánticos o rituales) y disfraces o pinturas que modifican su aspecto.

Sin embargo, no todo el mundo actúa del mismo modo dentro de un grupo. Las personas con un sentimiento de ser diferentes al resto e independientes, a menudo son más reflexivas y coherentes con sus valores tanto dentro como fuera del grupo.

Por otro lado, no todos los aspectos de los grupos son negativos. Igual que las claves negativas llevan a actitudes negativas (por ejemplo, las canciones en contra del equipo contrario en algunos partidos de fútbol generan en el grupo un sentimiento de agresividad que se retroalimenta), las claves positivas llevan a conductas positivas (por ejemplo, los cantos de algunas congregaciones religiosas provocan una experiencia de desindividualización que generan sentimientos muy positivos y de unión con los demás).

En conclusión, la desindividualización no es más que una pérdida de la conciencia propia, por lo tanto, antes de agrandar una situación conflictiva por estar al amparo de un grupo debemos preguntarnos qué pensarían de nosotros nuestros seres queridos si llegasen a enterarse. De esta forma, reducimos el sentimiento de anonimato, recuperando nuestro yo real, con los valores y actitudes propias, y actuaremos en función de los mismos. Además, hay que fomentar en los niños y jóvenes la reflexividad y el sentido del yo, ¿quién soy?, ¿en qué creo?, ¿qué valores tengo? Cuanto más clara tengan su personalidad mas invulnerables serán a este tipo de actitudes negativas influenciadas por la corriente de un grupo.

 

Fuente:
Myers, D. G., (2005),
Psicología Social, México, McGraw-Hill Interamericana.


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